¡Oh príncipe de los cielos estrellados!
Tú que eres alto y grande entre tus pares.
Tú que habitas entre los bosques de la ciudad flotante.
El que corre por los valles nocturnos de la gran Isla Perdida.
Oscuros son tus cabellos y tus plumas,
fachada de las cumbres jerárquicas de tu reino,
piel de sobras que protegen un espíritu de luz y redención.
Cantas a la Luna junto a tus hermanos,
alzando la voz a un mundo podrido y desgastado.
Siempre esperado a aquel que te baje de tu trono
y te lleve a la batalla más allá de los altos bosques.
Como el corcel indomable se te conocía,
siempre vagando como un alma sin juicio,
un ánima que galopa
en la penumbrosa lejanía.
Y ahora sedes tu lomo inmortal
y tu sangre de monarca
a las frías campañas de las tierras del alba.
Ahora agitas tu cuerpo y quiebras tu calma,
siempre atento al silbido decisivo
de aquel que requiere de tus plumas y tu marfil…
de aquel que requiere de tu magia infinita.
Tú que lucharás en la Muerte de Feylia,
y engrandecerás el nombre de tu raza.
Tú que naciste bañado en umbra,
serás el que cargues al de la Espada de Reyes
a la batalla siempre recordada,
y consumarás ahí tu eternidad.
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