domingo, 19 de septiembre de 2010

Luces en el Cielo

Todo es calma a mi alrededor. Los niños juegan con los niños, los hombres compiten con los hombres, las mujeres fingen sonrisas a las mujeres y los viejos aguardan junto a los viejos. Por el claro cielo las aves planean ante la brisa y recorren libremente el mundo, mientras que por la hierba los perros se revuelcan agitando su cola de felicidad.
El hoy no es muy diferente al ayer, pero la mujer que tomó mi mano para unirse a mi visión sabía que el mañana no sería ni la sombra de este común día.
Juntos quedamos de pie por horas, sintiendo cada sensación posible y atesorándola como lo más preciado de nuestras existencias. Nuestras manos, cansadas de cavar y heridas por el paso del tiempo, se frotaban entre ellas, recordando el tanto tiempo que se esperaron y se extrañaron. Nuestros ojos, que jamás se encontraron, estaban clavados en la enormidad del cielo, viendo pasar las nubes a velocidades impresionantes y al Sol partiendo el cielo en menos de un minuto.
La noche caía y las estrellas ahora nos saludaban con picardía, brillando como jamás les vi hacerlo.
Nuestros sentidos seguían siendo uno. La energía de ella se filtraba en mi aura como si siempre hubiese sido su morada, y mi energía se refugiaba en la suya, sintiendo por fin que regresaba al hogar del cual se le desterró hace tanto.
Las risas como música ambiental, el tránsito acompañándoles y una bulliciosa cuidad que levantaba una orquesta en honor a la vida.
Cayó la madrugada y el silencio vino con ella, haciendo prueba a nuestra paciencia y relajación. Pronto las estrellas se apagaron una a una y el Sol sacó un ojo entre dos montañas rebosantes de nieve. El Astro Rey nos saludó con un ademán de cálidos rayos que cubrieron nuestros cuerpos e inició su cotidiano recorrido de Este a Oeste.
Las personas salieron de sus muros nuevamente, armados con maletines y bolsos de todo tipo. Algunos acompañados, otros en multitud… muchos solos. Como hormigas que cargan sus futuros entre sus manos, pero ignorantes del mismo futuro.
Nosotros lo sabíamos… ya no había razón para caminar ni cargar.
Su mano se presionó fuertemente contra la mía, traspasándome su ruego por voluntad al cual respondí con una caricia. Supimos que el Sol no nos volvería a saludar desde que nos paramos a sentir nuestro mundo, pero la calma y seguridad que nos brindábamos nos hacía sonreír como un par de recién nacidos. Aún no quitábamos los ojos del cielo.
Por entre las nubes, cual ejército potenciado por la ira, se sumaron al firmamento cientos de miles de luces incandescentes. Se nos acercaban imponentes y crecían segundo a segundo, anunciando los cientos de años que viajaron para entregarnos un duro mensaje… el más duro de todos los mensajes.
Pronto los enviados fueron legión, forzando el pavor y la histeria en todo el mundo. La calma se hizo caos, las risas llantos y la tranquilidad desesperación.
Las aves huyeron, los animales se refugiaron sin sentido y los árboles se agitaron en sus puestos para dar ambientación a tal catástrofe.
Nosotros seguíamos mirando al cielo con una sonrisa, pero supimos que ya era el momento. Bajamos lentamente nuestras cabezas y nos enfocamos el uno en el otro. Sus azules ojos brillaban como la más bella de las gemas y penetraron en mi espíritu, así como una lanza ardiente.
Un estruendo destructor de tímpanos… gritos de desesperados hombres… un remesón cataclísmico… luz encandiladora… fuego… destrucción.
Ahora todo era calma eterna… nuestras manos aún estabas firmemente sujetas.

EPITAFIO

“No importa que tan oscuros sean nuestros días, ni que tan inseguras se levanten nuestras noches. No importa cuantas batallas tengamos que librar, ni cuantas derrotas nos aflijan.
No importa si la injusticia reina en la mente de todos, ni si el tirano gobierna sobre nuestra gente.
Lo importante es que la esperanza viva por siempre, ya que ella nos mantendrá de pie para seguir combatiendo estos males. Y triunfaremos.
La muerte me ha sonreído y no me ha quedado más opción que devolverle la sonrisa.
Pero pronto la vida me volverá a sonreír, y gustoso estaré de devolverle a ella también el gesto.
Esperanza.”

Princesa Roja

Cuando cayó la Luna sobre tu morada,
cuando la sangre bañó tus venas,
aún cuando el odio se transformó en amistad
y la lealtad se volvió tristeza.
En esos tiempos y en otros
fuiste la nobleza hecha vida.

Entregas tu corazón
y nada pides a cambio,
buscando un cambio en sombras
tras una sonrisa enfermiza en tu cabeza.

Que tus hachas sean justicia,
legítima heredera.
Que tus garras sean bondad,
princesa del León de Fuego.

Que tu verdad sea el monte
para los portadores del Arriba y del Abajo.
Que tu verdad sea la Luz.

Metasueño

Con lo ojos a medio cerrar y un frío que penetraba en mis poros y entumía mis huesos, vi una batalla sanguinaria de fuego y metal. Flechas que cubrían el cielo y caían como halcones sobre tantos padres de familia… hojas asesinas resplandeciendo antes de hundirse en carne y en gritos… bestias que galopaban con sus jinetes, sin saber la rezón de tal estupidez.
Caminaba con una taza de café en mi derecha y un cigarrillo en mi izquierda, esquivando o simplemente traspasando como un fantasma, a plena luz del día, a las miles y miles de personas que vivían para morir y morían para vivir. Miraba por entre sus ojos y sentía su dolor, su ira y su terror. Ellos expiraban uno a uno en esta frenética campaña mortal, mientras yo moría una y otra vez con cada defunción… mas no sufría.
Cuando mi taza quedó vacía y mi cigarrillo fue llevado por el viento, me aburrí de las posas de sangre y quise despertar.
Abriendo lo ojos lentamente ante el único rayo de luz que se filtraba entre el follaje, recordé bruscamente que mi cuerpo descansaba sobre las ramas de un árbol. El susto instantáneo me forzó a una rápida reacción para sostenerme de la madera, dejando caer de mis manos los papeles y la pluma que cubrían mi cuerpo. Atrapé las hojas con cierta dificultad, pero mi pluma emprendió una suave caída por entre el rocío, yendo a dar a una mano amiga.
La chica, mirándome con sus verdes y esperanzadores ojos, estiró su mano para entregarme mi principal y más letal arma tras una sonrisa cautivante. Estaba desnuda y montada sobre un cornudo caballo azul, al cual le rodeaban cientos más de su especie.
Acepté mi pluma con un ademán de profundo agradecimiento y bandadas de todo tipo de aves aparecieron de la nada para hacer de mi árbol su morada, destacándose un negro y brillante cuervo que se posó en mi pecho para hablarme… “En nombre de Gaia, te doy la bienvenida al ocaso.” El oscuro pájaro levantó el vuelo y la chica saltó ágilmente de su unicornio para sentarse a mi lado. Me miró de una manera indescriptible, dejando ver tantos sentimientos en sus ojos que no pude descifrarlos, pero uno destacó del resto… la pena ajena. Quedando perfectamente anclada a mi cuerpo y cubriéndome con sus largos y rizados cabellos anaranjados, acercó sus labios a mi oído para hablarme en un susurro… “Ya despierta, mi muchacho… que debes volver a dormir.”
Tal mundo desapareció en un santiamén y nuevamente abrí los ojos. Estaba tendido sobre mi cama, con una mano en el corazón y la otra en mi abdomen… el cual crujía del dolor. Me levanté con cierta calma, sin dar gran importancia a los sueños que me perseguían. Abrí mi ventana para respirar aire puro y retomé en mi mente las sanguinarias visiones de la realidad que me atormentaban… y descubrí que mis sueños habían sido remplazados por mi pesadilla, pero ahora el día debía continuar.
…fui por un café.

SKYCEROTH

¡Oh príncipe de los cielos estrellados!

Tú que eres alto y grande entre tus pares.

Tú que habitas entre los bosques de la ciudad flotante.

El que corre por los valles nocturnos de la gran Isla Perdida.

Oscuros son tus cabellos y tus plumas,

fachada de las cumbres jerárquicas de tu reino,

piel de sobras que protegen un espíritu de luz y redención.

Cantas a la Luna junto a tus hermanos,

alzando la voz a un mundo podrido y desgastado.

Siempre esperado a aquel que te baje de tu trono

y te lleve a la batalla más allá de los altos bosques.

Como el corcel indomable se te conocía,

siempre vagando como un alma sin juicio,

un ánima que galopa

en la penumbrosa lejanía.

Y ahora sedes tu lomo inmortal

y tu sangre de monarca

a las frías campañas de las tierras del alba.

Ahora agitas tu cuerpo y quiebras tu calma,

siempre atento al silbido decisivo

de aquel que requiere de tus plumas y tu marfil…

de aquel que requiere de tu magia infinita.

Tú que lucharás en la Muerte de Feylia,

y engrandecerás el nombre de tu raza.

Tú que naciste bañado en umbra,

serás el que cargues al de la Espada de Reyes

a la batalla siempre recordada,

y consumarás ahí tu eternidad.